El restaurante que no quería vender.
Volvía nuestro protagonista de la Fnac, pensando en lo que cenaría al llegar a casa. A las 9:00 p.m., Fran solía comenzar a notar el gusanillo en el estómago. Pensó lo primero en pasta, pero sabía que no la había en casa. Doña Marta había traído del mercado unos cuantos paquetes cuyo contenido Fran no había mirado. Al pasar ante el Museo del Jamón tuvo un pensamiento: probablemente fiambres. Y pensaba en una crecida ración de jamón con tomate y pimientos. Pero no. No habría esa cena. Doña Marta solía traer algo más consistente. Y entonces pensó en la pollería. Al salir de casa, había visto una docena de huevos, lo que hacía pensar que los paquetes antes nombrados podían contener un pollo troceado. O filetes de pollo. No estaba mal, un filete a la plancha con ajo y perejil. Por supuesto con una guarnición de verduras. Y en un anuncio de la calle del supermercado del Corte Ingles vio una merluza con muy buena pinta. Sí, eso era lo que apetecería de cenar. Un buen pescado rebozado con limón. Y Fran casi lo paladeaba in haberlo probado. Pero justo en ese momento pasó por un local muy curioso cerca de la Puerta del Sol. Fran se refería a él como el restaurante que no quería vender, porque siempre tenían expuesto en un escaparate que daba a la calle un pescado con una pinta horrible: Calamares a los que se les caía ya la piel, salmón mustio sin color y con los bordes acartonados, truchas que soltaban un líquido desagradable... Fran no comprendía como un restaurante del primer mundo en el siglo XXI exhibía semejante producto. Y claro, su idea cambió diametralmente. Ya no quería pescado. De hecho aquel escaparate infernal le quitó las ganas de cenar.



Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime
Y del oeste americano
Y basaba su vida en tres preceptos

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1 Septiembre 2008 | 11:48 AM