El siglo XVIII y Fran.
-¡Venga, Fran! Nos vamos -dijo Doña Marta con la misma ilusión con la que una niña de ocho años iría a la cabalgata de los Reyes Magos.
-Me tengo que vestir mamá. Deja la EPO.
Durante los diez minutos que tardó Fran en vestirse, su madre no dejaba de soltar una de sus retahílas:
-EsunaexposiciónmuybuenasobreCarlosIVconpiezasmuybienconservsadastraídasde
todoslosrinconesqueestabanbajosudominiocomoNápoleslasdosSiciliaslospalaciosdetoda
España...
-Mamá, respira, te va a dar algo. Por otro lado, sabes que me gusta la historia, pero el siglo XVIII en concreto...
-Parecequetehayaobligadohijoyasabíasloquevienesavervuélvetealacamasiquieres...
-Nó, mamá. Siempre voy contigo a estas cosas, y es una época que está allí, que existe. No me molan los pelucones, ni esa ornamentación...
-Peroseguroquesítevanotrasépocasporquelashasvistoenpelíulasdeaventurasparecementira
quetútedejesllevarporesascosas...
- Mamá, ni el siglo XVIII es como en Piratas del Caribe, ni el XIX como en las pelis del oeste, ni la Edad media como en las leyendas del Rey Arturo.
En aquel momento llegaron a la exposición. Los retratos parecerían hoy, amanerados cuando menos. Atrajeron más la atención de Fran objetos de uso más cotidiano: relojes, libros, rifles de caza...
-Hastan el rifle con unos floripondios muy cursis -dijo Fran.
-A ver que piensan en 300 años de tu móvil.
-Sí, sobre todo porque va envuelto en una tela con un montón de volantes y unas tallas...
- Pero hay un montón de fundas para ellos de todo tipo.
-Bueno, puede ser. Yo solo digo que a mí esta época no me va. Por eso no me gustó la peli de Barry Lyndon, que destacaba por un reproducción grandiosa de este tiempo.

Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime
Y del oeste americano
Y basaba su vida en tres preceptos
