El embrujo del tren.
-Bueno, ya partimos -dijo Doña Marta a Fran.
-El AVE parece el metro, prefería los trenes antiguos.
Y es que Fran recordaba sus viajes vacacionales de la infancia, cuando los trenes españoles eran poco menos que tartanas. No hacía tanto que Fran había vuelto de Túnez, y los trenes del norte de África no eran muy diferentes de los que él recordaba de cuando era pequeño. El AVE gana en velocidad, cierto, y es una proeza de ingeniería, que duda cabe, pero uno pierde el placer de ver el paisaje con detenimiento.
-Tú intentaste buscar tyrabajo en el AVE como tripulante, ¿No Fran? -preguntó Doña Marta.
-Sí mamá. Pero están tan mal las cosas para entrar ahí como en todas partes. A ver si apruebo mis oposiciones.
-Bueno, hijo, que aún no hemos llegado a la playa, y ya estás pensando en la vuelta.
El tren super rápido, además circulaba por una vía especial, que daba cierta sensación de aislamiento cuando uno miraba por las ventanas. Pero en un cierto punto , el tren paró. Y en diez minutos escasos, Fran vio una estación ferroviaria a la antigua usanza, con barracones de ladrillo en vez de cristal tintado. Y un mercancías pasó a su lado. Viendo el ferrocarril clásico, Fran experimentó un momento de goce que sólo las personas aficionadas al encanto y embrujo de este medio de transporte entenderán. Ahora, hasta el AVE le parecía mejor. A fin de cuentas, en los transportes lo que cuenta es la velocidad.




Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime
Y del oeste americano
Y basaba su vida en tres preceptos
