La Coctelera

Francisco Gordal

25 Agosto 2010

Convivir con estúpidos.

Por una vez, voy a hablarles más del país de nuestro héroe que de otra cosa. Era éste un país con buen clima y buenas condiciones de vida en general, aunque como todos estaba sufriendo la crisis global, que en este caso se manifestaba en un índice de paro alarmantemente alto. Era un país que en los últimos tiempos había crecido, un país democrático y con libertad para todos. Un país al que algunos intentaban llegar incluso arriesgando su vida en pateras en alta mar. Cierto que en tiempos no tan lejanos había estado atrasado respecto al resto del continente en el que se hallaba, y que había sufrido el fenómeno que en el planeta de nuestro héroe se denominaba dictadura: que un individuo o una panda de ellos, en este caso un general con cara de garbanzo, como dijo cierta revista satírica, se erigiese por la fuerza en voz única y verdadera del país aplastando a todo el que se alzase.

 Pero de eso hacía 35 años, y ahora era un país que había crecido y donde las libertades estaban garantizadas. A estas alturas, se preguntarán dónde quiero llegar. Pues verán, aún existía un fenómeno anacrónico, estúpido e irracional, propio do otro siglo en dicho país: el nacionalismo. Ciertas zonas del mismo padecían la imbecilidad de ciertos políticos que alimentaban ansias separatistas, argumentando excusas y estupideces como la dictadura antes referida, ya superada y que había sufrido por igual todo el país. O el hecho de tener que contribuir con sus impuestos a mantener al estado, algo sumamente natural, pero que según dichos políticos era un atraco a mano armada a tales regiones, cuando de hecho, en el último reparto las dos regiones más díscolas habían recibido más de lo que habían aportado a los fondos. O una pretendida represión cultural, cuando de hecho todo el país admiraba mucho las obras y acciones de ciertos ciudadanos de allí.

Esa gentuza decía que estaba oprimida, en lugar de ver que eran ellos quienes salían ganando conviviendo con el resto del país. Pero estaban tan ofuscados que ni participaban en la alegría las veces que las cosas salían bien.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque la hermana de nuestro héroe, Carolina Gordal, seguía de veraneo junto a Alvarito en cierta provincia. Y aquella noche llamó a nuestro héroe:

-¿Qué hay Cárol? -preguntó éste-. ¿Los pasáis bien?

-No te lo vas a creer, Fran, pero en este pueblo no atienden al que no habla euskera.

-¡No me lo creo! Si viven del turismo

-Te juro que a la entrada había un cartel con la palabra bienvenidos en euskera y varios idiomas, y habían tachado el castellano.

-¿Y qué has hecho? ¿Ir al hotel?

-Sí, pero son muy cerrados, y nos han atndido los últimos.

-¡Menudos gilipollas! Yo creo que eso a un tío como Abadía o como yo no se lo hacen. Se han atrevido contigo por ser una chica y con Alvarito por ser bajito.

-Pero van a tener lo que se merecen, porque mañana nos vamos de aquí a otro sito

-Bien dicho. Pero para ellos si no quieren nuestros euros,

ni nuestra cultura,

ni nuestro deporte...

 Si confunden la política con la mala educación peor para ellos. ¡Si les hacemos nosotros un favor conviviendo con ellos!

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Sobre mí

Éstas son las aventuras de un chico cualquiera de Madrid, que sigue fascinado por ciertas cosas hasta extremos casi enfermizos. Creo que mucha gente habrá vivido situaciones similares a las que afronta nuestro protagonista, un chico soñador de grandes mujeres Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime Y del oeste americano Y basaba su vida en tres preceptos
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