Nunca creí que lo viese.
Juan Gordal y doña marta Palacios fueron a Zaragoza a acompañar al primo Mario en un momento duro para él. Fran, aquejado de unas tremendas anginas, se tuvo que quedar en casa. Se dedicó a descansar, aunque llegado un momento, estaba paradójicamente cansado del reposo, y decidió hacerse una sopa. Se preguntó que sería de su familia, cómo estaría el primo... le gustaría verle en cualquier momento. Entonces recibió en su móvil un mensaje del primo, una imagen en la cual llevaba una de las máscaras de su ídolo mexicano, el Santo. Bueno, al menos mantiene el sentido del humor, pensó. A lo largo del día la miró de vez en cuando, y empezó a notar que las hechuras de aquel enmascarado no se correspondían con las de su primo. Por la noche llegaron Juan y Doña Marta, y se lo comentó.
-Claro, porque no era Mario, era yo -dijo Doña Marta.
-¿En serio? -preguntó fran y rompió a reir-. Nunca creí que te viese a ti lucir la legendaria más cara del Santo.
-Pues ya ves, no he podido resistirme.
-El primo se tiene que enterar de esto, ha logrado una auténtica hazaña.
-Ay, hijo, pero a mí me parece blasfemo que le llamen Santo.
-Ya esperaba eso de ti, mamá, pero no que te pusieses su máscara.
-Me tengo que confesar por ello porque...
-Déjate de beaterios, hombre, Es un ídolo en méxico.
-No me lo creo, los mexicanos son muy católicos y...
-Esto añade aún más mérito al logro de Mario.




Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime
Y del oeste americano
Y basaba su vida en tres preceptos
