El banco
En aquella tienda de cosas de segunda mano, Juan de pronto se llevó una gran alegría:
-¡Mira, Fran, eso es exactamente lo que necesitamos! -dijo.
-¿Eso? Parece un potro de tortura moderno.
-¡No, hombre, es un banco de abdominales! ¿No te quejas de que cuando hacemosd ejercicio el cojín que usamos está deformado y no se hacen bien?
-Ya, pero yo halaba de pillar a los chino un cojín nuevo.
-Ni hablar, nos lo podemos llevar.
-Bueno, total, por seis euros... pero creo que va a tener mal acomodo en casa y no vas a usarlo.
De modo que Fran desembolsó y compró aquel aparato. La verdad es que plegado no ocupaba demasiado espacio, pero al llegar a casa la visión de Juan cambió. Al echarse encima y probarlo su gesto cambió:
-¿Y esta estructura resistirá?
-Juan, es de acero. Total, no va a pasar nada si te das un pequeño golpe.
-Es que yo creo que si esto se rompe se te mete esta barra por el culo, te partes la espalda, y te quedas tonto.
-¡Joder, Juan! Que ha costado seis euros, ¿no podías pensarlo antes?
-¿Y tú, soltando dinero alegremente?
-¡Siempre es culpa mía! ¿Cuántas veces te he preguntado si estabas seguro?
-Pero eres quien lo ha pillado la culpa es tuya.
-Bueno, ya veremos si lo aceptan de vuelta por cuatro euros y pillamos el cojín de los chinos, pero eres como un crío de cuatro años. Se t6e antoja porque lo anuncia Chuck Norris y luego...
-¡'Eso tú que no mides el dinero!





Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime
Y del oeste americano
Y basaba su vida en tres preceptos
