Diez y el camello.
-¡Mira que gracioso Diez, cómo trae ese peluche! -dijo Doña marta Palacios.
-¡Qué bien se lo pasa! -añadió Juan.
Pero Fran no lo encontró tan gracioso. Cuando el perro soltó el monigote, estalló:
-¿Cómo que gracioso? ¡Si es el camello de peluche que me traje de Túnez!
-Bueno, hombre, pero mírale. Le ha dado una alegría tremenda. No puedes quitárselo.
-Mira, que me haya enterrado a veces huesos entre las sábanas, bueno, se limpian y ya está. Pero ese peluche es un recuerdo que me traje de un viaje exótico, y además, de un país que ahora mismo no se sabe cómo va a acabar. Así que no estoy dispuesto a dejárselo.
Fran forcejeó un rato con el perro y le arrancó el camello, que devolvió a su cuarto. El perro se quedó mirando con una expresión de tristeza muy grande, y frotó la pierna de Fran como suplicando. Fran se empezó a sentir culpable.
-No intentes dar penita, cabrón. El camello es mío.
El perro mantuvo esa actitud hasta que Fran se acostó, y este no pudo conciliar el sueño. Pior fin a las seis de la madrugada, a sólo dos horas de despertarse se dirigió a la colchoneta donde solía dormir el perro y gritó:
-¡Está bien, manipulador asqueroso! ¡Mañana te compraré un peluche en los chinos, pero no toques mi camello!
Ese grito despertó a Doña Marta que le riñó por él y además diez entró en el cuarto de Fran y volvió a coger el peluche.
-¡Está visto que aquí uno no puede mostrar debilidad ni un segundo! -se lamentó Fran.




Y realizador de ninguna. Era un fanático del manga y el anime
Y del oeste americano
Y basaba su vida en tres preceptos
